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Enrique Tomás Bianchi

La unidad contra la diversidad

La Nación (Argentina), 16-12-2010

Jueves 16 de diciembre de 2010, por Bioéticas. Guía internacional de la Bioética

Hay, en la sociedad, instituciones que apuntan al pluralismo. El Congreso, por ejemplo, intenta reflejar, ante todo, la diversidad social. Hay derechas, izquierdas y centro, en todas sus variantes y con todos los matices. Hay legisladores creyentes, ateos y agnósticos. Unos adhieren al mercado y otros, a la intervención estatal. Quieren al capital privado o a la propiedad pública (o a una combinación de ambos). En temas de ética y bioética, hay rígidos y laxos.

Enrique Tomás Bianchi

Para LA NACION

Jueves 16 de diciembre de 2010 | Hay, en la sociedad, instituciones que apuntan al pluralismo. El Congreso, por ejemplo, intenta reflejar, ante todo, la diversidad social. Hay derechas, izquierdas y centro, en todas sus variantes y con todos los matices. Hay legisladores creyentes, ateos y agnósticos. Unos adhieren al mercado y otros, a la intervención estatal. Quieren al capital privado o a la propiedad pública (o a una combinación de ambos). En temas de ética y bioética, hay rígidos y laxos. Chocan distintas visiones del derecho penal y del accionar estatal en materia de seguridad; también, de lo que debe ser la ayuda a los más desposeídos. O de la relación con el mundo empresarial. Y así se podría seguir largamente la enumeración de temas en los que hay distintas posturas.

El Parlamento nos muestra mejor que los poderes unipersonales la división social. Dice el filósofo francés, recientemente desaparecido, Claude Lefort: "La democracia se caracteriza esencialmente por la fecundidad del conflicto. Es ese régimen único que, a contrapelo de la lógica unitaria propia a todas las otras formas de sociedad, asume la división. La instalación de una escena política sobre la cual se produce la competición por el poder vale, en efecto, como la legitimación del conflicto social. [?] La democracia, paradójicamente, hace aparecer la división como constitutiva de la unidad misma de la sociedad". En otros términos: "Ella muestra el fracaso de la imagen de una sociedad orgánicamente unida".

Obviamente, cuando se habla de conflicto resulta esencial que se respeten las reglas de juego que lo regulan. Esa es la clave. El peligro que entraña un desborde del conflicto es la anarquía. El "todos contra todos" de Hobbes.

En cambio, el Ejecutivo de repúblicas casi monárquicas, como las nuestras, favorece otro tipo de imaginarios. Como lo ejerce una sola persona, resulta casi imposible que ella refleje la diversidad que -en cambio- revela el Congreso. Puede nacer, entonces, la tentación de pensar al pueblo también como Uno, con mayúsculas, una unidad homogénea cuya expresión sería la voluntad general (en el sentido de Rousseau), por fuera de la cual sólo quedan los intereses mezquinos y malintencionados. Desechables, por definición.

A veces aparecen, en este tipo de sistemas -pese al uso protocolar de expresiones como primer mandatario(a), que remiten al derecho- imágenes mucho más fuertes. Así, se dice que el pueblo se encarna en su jefe, o que la nación desposa a su caudillo. En esos casos, la pluralidad tiende a desaparecer y, más que de representantes representados (otros términos que remiten al derecho), se piensa en unidades sustanciales (casi místicas) que, pese a su carácter ficticio, tienen una evidente aptitud instrumental, pues a partir de ellas se puede concebir a los opositores como una suerte de infección que afecta al cuerpo social, comprometiendo su unidad.

Estas derivaciones no son fatales pero sí resultan más probables en presidencialismos "a la latinoamericana", que muchas veces en su historia se inclinaron por minimizar las competencias legislativas de los parlamentos.

La unidad contra la diversidad, lo homogéneo frente a lo heterogéneo, el pueblo que lucha contra el complot, todas estas oposiciones pueden florecer más fácilmente cuando se imagina la realidad política como la relación casi carnal entre un uno(a) y un Uno (pueblo).

Si las cosas se piensan de este modo, al margen de esa idílica relación sólo quedarán los que no entienden o los que -entendiendo- deciden traicionar. Los necios y los traidores.

Nuestra atávica propensión a fabricar mitos facilita, sin duda, el predominio del imaginario presidencialista monárquico por sobre aquel otro de la heterogénea pluralidad parlamentaria. Al fin de cuentas, es más fácil ofrecerlo todo —real o retóricamente— a un líder que a un congreso multicolor.

Ese predominio es el que, casi siempre, ha marcado nuestra historia. Se me ocurre que la voluntad de preservarlo puede haber sido —consciente o inconscientemente— una de las razones que llevaron a elegir la Casa Rosada como lugar del velatorio de Néstor Kirchner, en lugar del Congreso. Es una hipótesis, por supuesto, pero resulta verosímil.

© La Nacion

El autor es secretario letrado de la Corte Suprema de Justicia.


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